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Angélica Zapata: las botellas que siempre encuentran espacio en mi maleta

Botella de Angélica Zapata Malbec junto a una copa de vino
Una botella, una copa y la sensación de reencontrarme con algo que ya forma parte de mi historia.

Hay compras que hacemos por costumbre y otras que, con el tiempo, se convierten en pequeños rituales. Angélica Zapata pertenece, para mí, a la segunda categoría.

Cuando viajo a Buenos Aires por trabajo, puedo regresar sin muchas cosas. Pero no sin algunas botellas de Angélica. Antes incluso de preparar la maleta, ya sé que una parte del espacio estará reservada para ellas. No es una compra impulsiva ni una simple preferencia por una etiqueta. Es uno de esos placeres que comienzan mucho antes de abrir el vino.

El placer empieza al encontrarlas, continúa al traerlas conmigo y se renueva cada vez que las veo esperando en la cava.

Un espacio reservado en la maleta

Me gusta buscarlas, elegir las variedades y acomodarlas con cuidado para el regreso. Siempre existe esa combinación de entusiasmo y cálculo práctico: cuánto espacio queda, cuánto peso puedo llevar y cómo proteger cada botella para que llegue bien a casa.

Dos botellas de Angélica Zapata preparadas para el regreso de Buenos Aires
Regresar de Buenos Aires con el espacio bien aprovechado.
Varias botellas de Angélica Zapata reunidas en casa
La satisfacción de verlas reunidas y saber que cada una tendrá su momento.

Cuando finalmente llegan, aparece otra parte del ritual: guardarlas. Me produce una alegría muy particular ver esas botellas en la cava. Algunas permanecerán allí durante bastante tiempo. Otras encontrarán pronto la ocasión adecuada. Todas, sin embargo, llevan consigo algo del viaje y de la expectativa con la que fueron elegidas.

Botellas que guardan momentos

El vino tiene esa capacidad de asociarse con momentos concretos. Una cena, una conversación larga, una visita, una celebración discreta o simplemente el deseo de transformar una noche común en algo un poco más especial.

Angélica Zapata Cabernet Franc servido en casa
Angélica Zapata Cabernet Franc Adrianna Vineyard al aire libre
Angélica Zapata Cabernet Sauvignon junto a una copa

Por eso estas fotografías no son solamente un registro de botellas. Son una colección de instantes. Cambian las añadas, las variedades, las mesas y las personas alrededor. Lo que permanece es esa sensación de estar abriendo algo que esperó pacientemente por su momento.

También me gusta que Angélica Zapata permita descubrir expresiones distintas. Malbec, Cabernet Franc y Cabernet Sauvignon pueden contar historias muy diferentes, aunque compartan una identidad que ya reconozco y busco. Algunas botellas invitan a prestar más atención; otras parecen integrarse naturalmente a la conversación. En ambos casos, hay siempre una experiencia que va más allá de beber una copa.

Angélica Zapata junto a una copa y un decantador
La espera, el decantador y el placer de preparar el momento.
Angélica Zapata con quesos y fresas en una mesa al aire libre
Los momentos sencillos también merecen una gran botella.

El vino como forma de conservar

Quizá una de las cosas que más disfruto sea justamente esa espera. Guardar una botella no es olvidarla. Es conservar una posibilidad. Cada vez que paso frente a la cava, recuerdo que allí existen futuras conversaciones, cenas y celebraciones que todavía no sucedieron.

Y cuando llega el momento de abrir una, la botella deja de ser una promesa y se convierte en memoria. A veces es una cena fuera de casa. A veces una mesa con amigos. A veces solamente una pausa tranquila, una buena copa y la certeza de que no hace falta una gran ceremonia para disfrutar algo especial.

Angélica Zapata servido en decantador durante una cena
Angélica Zapata compartido alrededor de una mesa
Botella de Angélica Zapata Cabernet Franc y una copa

Mendoza, un deseo pendiente

Todo este cariño por Angélica Zapata también alimenta un deseo que todavía no he cumplido: viajar a Mendoza y conocer la Bodega Catena Zapata.

Quiero recorrer sus espacios, acercarme a los viñedos, entender mejor el origen de los vinos y estar, finalmente, en el lugar donde nacen tantas botellas que han terminado formando parte de mi propia historia.

Pero el viaje que imagino tiene también otro momento imprescindible: sentarme a la mesa en Casa Vigil.

Casa Vigil no se encuentra dentro de la Bodega Catena Zapata, aunque la conexión entre ambas es muy cercana. Es el proyecto de Alejandro Vigil, director de enología de Catena Zapata, y está ubicado en Chachingo, Maipú. Inspirado en la Divina Comedia, el lugar reúne vino, gastronomía, paisaje, arte y una narrativa propia. Su restaurante cuenta además con una estrella Michelin. Dicen que comer allí no es simplemente sentarse a una mesa, sino vivir una experiencia completa, de esas que permanecen en la memoria mucho después del último plato y de la última copa.

Mi viaje soñado a Mendoza ya tiene dos momentos: conocer Catena Zapata, donde nace Angélica, y vivir una comida inolvidable en Casa Vigil.

Mendoza representa para mí ese encuentro pendiente entre el vino que ya conozco y el territorio que todavía deseo descubrir.

Hasta que llegue ese día, cada botella de Angélica Zapata que abro funciona como una pequeña anticipación del viaje. Un recordatorio de que algunos destinos comienzan mucho antes de comprar el boleto.

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