Volver a Houston siempre nos trae buenas memorias. Es una ciudad cosmopolita, vibrante, diversa. Ya habíamos estado antes y quisimos repetir algunas paradas obligatorias… como la cervecería Saint Arnold 🍺. ¿Qué delicia de lugar! Probamos el flight con sus best sellers (sí, todos 😅) y disfrutamos de la terraza con su fuente moderna y ambiente relajado. Es uno de esos lugares que uno siempre quiere tener cerca de casa.
Después, nos fuimos a Whiskey River, un bar texano con toda la energía que uno puede esperar: gente bailando, luces, country music 🎶, shots de tequila y muchas botas. Fue divertido, diferente y, de alguna forma, también muy revelador.
💭 Pero en medio de todo ese ambiente festivo, no pude dejar de pensar en algo…








Este viaje fue justo después de la toma de posesión de Trump, y había en el aire una sensación de tensión, casi como si en cualquier momento apareciera una “Karen” a pedir papeles o reclamar algo. Y en ese bar, lleno de personas inmigrantes y turistas como nosotros, bailando, gastando, moviendo la economía, me surgía una pregunta una y otra vez:
¿Qué están haciendo de malo estas personas para ser perseguidas como criminales?
Esa contradicción me marcó. Porque ahí estábamos todos, queriendo pasarla bien, disfrutar, vivir. Y sin embargo, muchos lo hacen con miedo.
Desde entonces no hemos planeado nuevos viajes a EE.UU. No por los lugares, que son bellísimos. No por la gente, que en su mayoría es cálida y abierta. Sino porque, honestamente, nos quedó ese “ranço” que cuesta quitar.
🌎 Viajamos para abrir la mente. Pero a veces también para reafirmar nuestras convicciones.